Turbas famélicas ciñen el hoyo de la última vez.
Hombres armados con piedras y fe.
Una capucha blanca
sobre su pelo negro.
Silencio.
Enterrada hasta el cuello
quisiera morir con el primer impacto
pero dios ignora sus deseos.
Silencio.
Nadie se atreve, esconden la mano.
Nadie se atreve, callan su desprecio.
Nadie se atreve hasta que el menos casto
precipita su odio y nadie lo detiene.
Después todo es más fácil;
una tras otra, golpean,
una tras otra castigan,
una tras otra denigran,
una tras otra desprecian,
una tras otra torturan,
una tras otra sentencian,
una tras otra ejecutan,
una tras otra asesinan.
Después, cada uno a su sitio
a vigilar a sus mujeres,
a preñarlas de silencio,
a violar sus derechos,
a rezar a un dios picapedrero.
Después, cada uno a su sitio,
haciendo la vista gorda
con sus pecados y vicios.

Lapidaciones, castigos corporales consistentes en amputación de manos o flagelación, civiles ejecutados extrajudicialmente por el ejercito, tortura policial, grupos parapoliciales operativos, detenciones ilegales, desapariciones. Y Nigeria es el mayor productor de petróleo de Africa...

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Datos de la autora

Silvia Delgado Fuentes, España, 1968 | Nació en un pueblo de la rioja alavesa, desde entonces hasta ahora, es nómada de pieles y geografías. Difunde sus versos en montajes que realiza alternando texto, música e imágenes. Es autora de los siguientes libros de poemas: “Ángeles cotidianos”, “Y que hablen en mis palabras”, “No está prohibido llorar con los supervivientes”, “Las cuarenta chimeneas del infierno”, “Canción inútil para Palestina” y “Nanas de rodillas”.

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