Son hombres azules,
pertenecen a la arena, al viento,
pertenecen al desierto,
pero mueren de hambre y sed.
* * *
El azar hizo un mal reparto
sepultando bajo su tierra
mucha riqueza,
mucha impunidad,
mucha codicia,
mucha mezquindad.
* * *
Cuerpos desnutridos
se arrastran sobre la arena color índigo.
Dios deja huellas secas
y se aleja.
En aquel yermo suelo
nadie protege el vientre de los deseos.
* * *
Se saben huérfanos y visitan, por esto, la rebeldía,
teñidos como hace siglos,
dispuestos a aprender luchando,
dispuestos a morir matando
dispuestos a proteger sus riquezas
que hasta ayer eran sólo aire, papel, piedra.
* * *
Porque son hombres azules
que mueren de sed a orillas de un río,
que mueren de hambre mirando comer,
que mueren de pobreza
mientras les arrancan fortunas bajo los pies.
Porque mueren de pena, los hombres azules,
Recorriendo el desierto,
quizá, por última vez.

En Níger, los tuaregs, llamados hombres azules por el color que desprenden sus turbantes teñidos con índigo, siguen muriendo de hambre y sed a sólo algunos kilómetros de las fábricas que explotan el uranio de sus tierras.

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Datos de la autora

Silvia Delgado Fuentes, España, 1968 | Nació en un pueblo de la rioja alavesa, desde entonces hasta ahora, es nómada de pieles y geografías. Difunde sus versos en montajes que realiza alternando texto, música e imágenes. Es autora de los siguientes libros de poemas: “Ángeles cotidianos”, “Y que hablen en mis palabras”, “No está prohibido llorar con los supervivientes”, “Las cuarenta chimeneas del infierno”, “Canción inútil para Palestina” y “Nanas de rodillas”.

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