Tenía las manos frías
y un temblor obsceno
recorría todo mi cuerpo.
* * *
Me agarró los brazos,
levantó el vestido,
separó las piernas,
mostró mi sexo,
sonrió cuando la piedra
cercenó mi infancia,
sonrió al ver mi vulva
sobre el suelo,
sonrió por el trabajo bien hecho,
por el posterior festejo.
* * *
Ni una sola mujer completa en la aldea,
ni una sola que se apiade de mi niñez
repudiando la ceremonia.
Atentas a la mutilación
participaron en el horror
de castrarme el placer
condenándome para siempre
al dolor en las cópulas...
Y después,
mucho después,
olvidé como solo olvidan ciertas víctimas
separando con firmeza las piernas
de mis hermanas,
de mis sobrinas,
de mis hijas,
de mis nietas.

Ninguna religión obliga a la práctica de la mutilación. Es una tradición para preservar la virginidad, garantizar la posibilidad de contraer matrimonio y controlar la sexualidad.
Normalmente se practica a niñas de entre 4 y 12 años y además del temor y dolor inmediato, las consecuencias incluyen prolongadas pérdidas de sangre, infecciones, esterilidad y muerte. La variante más grave en la que se extirpan todos los órganos sexuales externos, el trauma de volver a cortarlos se repite con cada nacimiento para dejar paso al bebé...

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Datos de la autora

Silvia Delgado Fuentes, España, 1968 | Nació en un pueblo de la rioja alavesa, desde entonces hasta ahora, es nómada de pieles y geografías. Difunde sus versos en montajes que realiza alternando texto, música e imágenes. Es autora de los siguientes libros de poemas: “Ángeles cotidianos”, “Y que hablen en mis palabras”, “No está prohibido llorar con los supervivientes”, “Las cuarenta chimeneas del infierno”, “Canción inútil para Palestina” y “Nanas de rodillas”.

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