Se han muerto de hambre
mientras recogían café,
mientras alimentaban el ganado,
mientras molían el trigo,
mientras vendían miel.
Se han muerto de hambre
porque son jornaleros,
porque no tienen huerto,
porque no les alcanza el dinero,
porque no ponen ellos el precio de los alimentos,
porque viven en el infierno.
Se han muerto
para que nos ahoguen los desperdicios,
para que la gula sea virtud y no vicio,
para que la digestión pague sus tributos,
para que los bien nutridos obtengan beneficios.
Se han muerto
de muerte anónima,
de muerte silenciosa,
de muerte predecible,
de muerte estratégica,
de muerte oportuna,
de muerte convenida.
Se están muriendo
Ayer y hoy.
Antes y ahora mismo.
Se mueren de hambre
triturando la hiel de la codicia
con colmillos de furia,
con colmillos de injusticia.

Millones de consumidores ricos del primer mundo fallecen por enfermedades relacionadas con la riqueza (enfermedades coronarias, infartos, diabetes y cáncer) provocadas porque se atiborran de ternera y otras carnes ricas en grasa alimentadas a base de cereales, mientras que en el tercer mundo la gente muere de enfermedades provocadas por la pobreza al negársele el acceso a la tierra para cultivar cereales con los que alimentar a sus familias...

1 comentario:

Amanda Pedrozo dijo...

Ciertamente, querida vasquita, en todo el mundo el hombre es el lobo del hombre. Dejamos que mueran niños de hambre, ni qué decir el resto. La injusticia social desmiente todo lo que dicen las religiones, todo. Tu poema es tremendo, es un grito.

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Datos de la autora

Silvia Delgado Fuentes, España, 1968 | Nació en un pueblo de la rioja alavesa, desde entonces hasta ahora, es nómada de pieles y geografías. Difunde sus versos en montajes que realiza alternando texto, música e imágenes. Es autora de los siguientes libros de poemas: “Ángeles cotidianos”, “Y que hablen en mis palabras”, “No está prohibido llorar con los supervivientes”, “Las cuarenta chimeneas del infierno”, “Canción inútil para Palestina” y “Nanas de rodillas”.

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